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Cuba

Cuba vive, desde que triunfó el proceso revolucionario de 1959, una agresión constante, que ha tomado distintas formas y que ha pasado por varias intensidades. En los últimos tiempos, desde la caída del Campo Socialista –su colaborador y aliado lógico-, y sobretodo, por la agresividad del gobierno de los EEUU –que arrastra a otros, como el español-, Cuba pasa por una de sus fases más duras. Durante la etapa de los 90 conoció una crisis brutal, con caídas del PIB del 30%, o con la pérdida de un 80% de su comercio exterior. Fue entonces cuando EEUU intensificó la política de asfixia económica, con las ilegales –aunque sólo fuera por extraterritoriales- leyes Torricelli y Helms-Burton.

La agresión que sufre la República de Cuba es económica, pero también política –en el que el Estado Español juega un papel clave dentro de la UE- y mediática, además de la siempre amenazante sospecha de invasión militar –no hay que olvidar que Cuba ha sido incluida en la lista de estados sospechosos de EEUU-.

La campaña difamatoria en torno a los derechos humanos, la democracia o las libertades en Cuba ha tenido además un repunte, debido a las condenas a 78 “disidentes” por actividades terroristas. Los que acusan a Cuba de falta de libertades, o de vulneración de los derechos humanos, no parecen sonrojarse por esto mismo en los países del Tercer Mundo, o incluso por las enormes desigualdades o la desprotección social en países económicamente mucho más ricos. La total uniformidad en los medios de comunicación capitalistas contribuye a crear un estado de opinión en la sociedad casi dogmático; cuando aparecen pruebas evidentes de que la realidad cubana es muy distinta, son miradas con recelo y no son tomadas en cuenta.

Sin embargo, si atendemos a las pruebas objetivas, si no caemos en el prejuicio fácil creado por estos medios, nos daremos cuenta de que la sociedad cubana dista mucho de la imagen que nos venden aquí. Cuba es un país democrático, donde sus ciudadanos disfrutan de un gran número de derechos sociales (educación, sanidad, cultura, participación política, etc.), y donde el reparto de la riqueza que se genera en el país es el más justo del mundo (según datos de la ONU). La participación de los cubanos en la toma de decisiones de la vida política (una buena forma de calificar la democracia) es mucho mayor que de la que disponemos en los países ricos, y evidentemente, mucho mayor que en el resto de países del Tercer Mundo. ¿Por qué ese empecinamiento especial con Cuba?

Los cubanos decidieron, y lo reafirman día a día, que su sistema es el socialismo, que el capitalismo no volverá nunca más: que no volverá el hambre y la miseria, la corrupción, la élite de ricos y terratenientes, las masas empobrecidas, los campesinos sin tierra. Y tienen todo el derecho y la legitimidad para afrontar este difícil paso; el resto de países no deberían entrometerse, menos aún castigando al pueblo cubano a través de un bloqueo genocida. Y si comparamos los niveles de vida de Cuba con el de los países del Tercer Mundo (al que Cuba pertenece, no lo olvidemos), veremos que han tomado una muy buena decisión. A quien no se lo parezca, quizás debería preguntarle a los millones de latinoamericanos pobres, analfabetos, qué es lo que les ha aportado el capitalismo a ellos.

Cuba hoy, en el medio en el que resiste valientemente, es un ejemplo de dignidad y convicción en una sociedad justa, sin explotados, sin oprimidos. Y es también un rayo de esperanza para los países del Tercer Mundo, es la prueba viva que cada día les enseña cómo es el camino para salir de su pobreza, para acabar con las desigualdades, para acabar con las injusticias.

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